Queridos Amigos:
Emilio tenía una misión hace 72 años. Contrario a lo que se piensa comúnmente, esa misión no era la realización de una hazaña asombrosa o mucho menos el deseo de convertirse en héroe.
La misión era humilde y noble. Él quería retribuir el gesto del gobierno de ustedes, efectuado a través de otro gran hombre, en otro gran vuelo. Charles Lindbergh había volado a México en un viaje de buena voluntad a través de Latino América. Ahí, en México, los dos hombres se conocieron e instantáneamente se hicieron amigos. Cómo no serlo, cuando compartían la misma pasión, el mismo carácter... la misma nobleza de espíritu.
Emilio ya estaba en ese entonces y por su propio derecho, en el sendero a la grandeza. A sus escasos 22 años de edad ya había realizado varios extraordinarios vuelos, estableciendo proezas epopéyicas. Pero en esta ocasión el llamado era de otra naturaleza. Los mexicanos y los americanos necesitaban de una manera desesperada mejorar sus relaciones; estábamos tan cerca y al mismo tiempo tan distantes. Como en el caso de Lindbergh y Carranza, nosotros también compartíamos los mismos simples sueños, las mismas simples aspiraciones y sin embargo existía entre nosotros una brecha y en cierto sentido todavía la hay. Por alguna razón no nos hemos podido dar cuenta de que es más fácil realizar nuestra travesía común juntos, como buenos vecinos, como buenos amigos.
Esa era la verdadera misión de Emilio Carranza. Como su vuelo, su misión sólo llegó a la mitad del camino.
Es por su recuerdo y en nuestro propio interés que estamos obligados a completar su travesía y a realizar su sueño.
Gracias.